martes, 12 de febrero de 2019

¡Feliz cumpleaños, Quenco!


Te vi por primera vez el 16 de enero de 2018, vagando por el campus de Cartuja. Después de estar casi un mes intentando atraparte - tenías tanto miedo y éramos tantas las personas que queríamos sacarte de la calle - hace un año lo conseguimos con la inestimable ayuda de una perrita en celo. Había soñado que te cogía, y cuando al fin te vi al otro lado de la correa, rompí a llorar. Todavía eres asustón pero espero que sepas lo feliz que me hace que estés en mi vida. Te quiero, Quenco lindo. ¡Feliz cumpleaños! ¡Qué cumplas muchos más!

lunes, 5 de noviembre de 2018

D'Arby a los tres meses. ¿Cuánto puede resitir el corazón?


Llegar a casa por la noche, acercarme a la jaula para ver cómo estáis y encontrarte, D'Arby chico, en el suelo, inerte. Apenas llevábamos tres meses juntos, pero ya me girabas la cabecita cuando te llamaba y la movías hacia los lados, comi si me entendieses cuando te hablaba. Mi pequeño sinvergonzoncillo, se me ha vuelto a romper el corazón. :____( Te quiero.

domingo, 29 de julio de 2018

Dixie, mi Dixie inglés

Sin esperármelo, de repente. Poco más de siete meses juntos. Hoy se ha ido entre mis manos. Y el corazón vuelve a estar hecho añicos. No entiendo nada. No es justo, cariño. No es justo. Ayer hablabas conmigo. Te quiero. Hasta el reencuentro. No tengo palabras. No puedo más.
Saliendo de la cajita y volando hacia casita. Girando tu cabecita. Confiando. Temiendo. Cantando. Comiendo. Curioso. Guapo. Garboso. Te quiero.







sábado, 18 de noviembre de 2017

Mi Chuli, Chulitín.

Chuli en primer plano, con Nati, en marzo de 2016. Aún no llevaba un año en casa
No ha podido ser. Has luchado como un campeón pero ayer ya se te veía cansadito. Intentabas comer, incluso te me escapaste del sofá donde te había dejado confiada porque no podías volar. Desde que empezaste a estar pachuchillo, siempre llegaba a casa con ese miedo en el corazón, que se tornaba en alegría cuando te veía pizpireto a pesar de seguir embolado. Cuántas veces he pensado que iba a encontrarte en el suelo de la jaula. Y, sí, ayer te encontré en el suelo, pero andurreando y comiendo. Pero hoy tenía una sensación extraña en el estómago. Y ahí estabas, tumbadito en el suelo, frío. Ni siquiera hemos pasado dos años y medio juntos, pero son más que suficientes para que te hayas agarrado a mi corazón, como te agarrabas con tus patitas mientras; justo ayer, mientras comías. Amor Chuli.

El que hayas estado malito ha servido para estrechar lazos, para que pudiera sentir tu cuerpecillo calentito, tu corazón, tu respiración, al principio temerosa y luego más relajada. He restregado tu cabecita con mi cara, te he dado besos en el piquito y tú te has dejado querer.

Ojalá hubieras podido remontar el vuelo y pasar más tiempo conmigo y con Trisqui, que está ahora desorientada. Hasta ayer mismo pensaba que podías hacerlo; incluso esta mañana me he levantado con cierta esperanza. No ha podido ser, Chuli. Ahora vuelas por otros lugares, pero yo tengo el corazón destrozado. Te quiero tanto, pequeñín. Hasta el reencuentro. Love trumps death.

Momentos felices. Ahora sólo queda Trisqui, la primera por la izquierda.

jueves, 17 de agosto de 2017

"You humans. You ruin everything".

Acabo de devorar Pax, de Sara Pennypacker, un libro que me recomendó Alba Pantojo y que lleva esperando desde que lo recibí en enero. Ha viajado conmigo a Oxford, a Londres y ahora está aquí, en Goupillières y hoy ha sido su momento. Como me gusta curarme en salud, había leído ya el final, pero hoy ha sido el día en el que lo leído cuando las lágrimas me lo han permitido. Toca muchas fibras de las que suelo tratar con cuidado porque me conozco, pero ese amor entre dos criaturas vivas, el dolor de la separación, el anhelo, la culpa... son sólo algunas de ellas.

Justo cuando lo he terminado de leer me he enterado de otro nuevo atentado terrorista en Barcelona, lo que no ha hecho sino confirmar una misantropía que hace ya tiempo se ha adueñado de mí. Ojo, esa misantropía no se desprende del libro, tan solo porque hay ejemplos, como en la vida diaria, de gente que hace que una no desespere del todo. Pero, no, me ratifico en que como especie damos asco.
Queda pendiente una entrada más amplia sobre Pax, de Sara Pennypacker, pero por ahora tendrá que esperar.

El título de esta entrada es lo que Peter lee en los ojos de una cierva: "You humans. You ruin everything." No sé si la cierva lo pensaba realmente, pero yo no puedo estar más de acuerdo.

martes, 1 de agosto de 2017

A principios de agosto

Digamos, para no entrar en demasiados detalles, que el verano comenzó torcido (rotura de disco externo, pérdida de información, encuentro(s) con Antifaz, dolor y más dolor, preocupaciones con su pizca de arrogancia con los gatos de la facultad, preocupaciones y sentimientos de culpa con los que viven conmigo, sobre todo con mi cariñosa Minca, que me requiere más de lo que yo le concedo) y, aunque se ha enderezado, el mes de julio ha sido intenso; una montaña rusa emocional que me ha dejado exhausta pero me ha hecho plantearme si estoy realmente viviendo la vida que quiero. Cierto es que no acabo de encontrar mi lugar en un mundo que no termino de entender, con una humanidad que cada vez me da más asco ("los astros no están más lejos que los hombres que trato", que dirían Héroes del Silencio), y que me lleva a sentirme día tras otro una sirena varada. Pero también es cierto que no tengo ninguna prisa por morirme, aunque a veces haya deseado con todas mis fuerzas dejar de existir simplemente para dejar de sentir este dolor ensordecedor que es la banda sonora de este mundo.

Entonces, ¿estoy viviendo la vida que quiero? En los momentos más optimistas me digo que a medias, y en los de desazón total, la respuesta es rotunda: no. La fortuna de hacer un trabajo que me apasiona corre el riesgo de convertirse en una maldición cuando no sé poner límites. Y, como siempre que no se miden los límites y las fuerzas, los entusiasmados deseos se convierten en obligaciones que angustian e imponen una urgencia que desdibuja lo realmente importante. ¿Cuántas veces le habré dicho a Mirra que tengo que trabajar cuando ella me insiste en que pase un rato con ella? De todos mis compañeretes peludos, ella es la que más insiste en que tengo que volver a la realidad de lo corpóreo porque la intelectualidad por sí sola se queda en entelequias y la lleva a una a meterse en inercias no siempre escogidas conscientemente y a dejar de lado aspectos de la vida cotidiana que son, ni más ni menos, que actos de amor hacia mí misma y hacia mis seres queridos.

El hogar está donde está el corazón, y mi corazón está desparramado por muchos sitios. Y no está mal que así sea, salvo por el hecho de que siempre hay alguien a quien echo de menos. Pero precisamente porque tengo, pues, muchos hogares, y porque quiero la salud para mi corazón, esos hogares se convierten ahora en mi prioridad. Porque es ahí donde encuentro cualquier atisbo de felicidad en este mundo caído, y porque algunos aspectos de mi trabajo también son hogar, pero me cuesta reconocerlos entre tanta maraña de estupideces, de reglas autoimpuestas y de condicionantes asumidos, incluso después de haber manifestado que no los iba a asumir.  Y como, además, el tiempo es limitado, no lo tengo para obligaciones impuestas, ni siquiera las que se disfrazan de "buen rollito".

Estoy ahora en Goupillières, uno de mis hogares. Matthias y Lluqui están durmiendo, felices de la vida. En otro de mis hogares, mi madre cuida de Mirra, Mishkin y Minca; en otro, mi hermana Irene cuida de Michi, y Portos y Mani disfrutan en la residencia; en otro, Lidia cuida de los gatitos libres. Y, mientras tanto, yo no sé cuidar de mí. O mejor dicho, no siempre he sabido cuidar de mí. Hasta ahora. Esta declaración pública de intenciones -la expresión en inglés, mission statement, me parece más contundente - cumple dos funciones: recordatorio (para mí) y explicación (para cuando os diga "no, gracias"). Vale, no tengo muchos seguidores en el blog, pero siempre está bien tener un enlace que remitir.


viernes, 16 de junio de 2017

The Dog Who Dared To Dream

Muchos libros me han marcado de distintas formas, pero hay algunos que se meten hasta el fondo del corazón a la velocidad de la luz y tocan todos y cada uno de los átomos que componen mi ser. Este es uno de ellos. Lo compré en la estación de Montparnasse, y me absorbió todo el trayecto en tren. Al llegar a Goupillières, lo dejé aparcado para ponerme a trabajar. Lo he terminado mientras esperaba a que se cargara la batería del ordenador. Y tengo el corazón encogido, los ojos llenos de lágrimas por esa historia tan dolorosa, hermosa, esperanzadoramente bella que es la de Scraggly. Supongo que el final me debería hacer feliz, pero me tiene con un nudo en la garganta, el corazón tiritando y los ojos rojos, la vista nublada. Scraggly se ha acomodado en mis entrañas, justo en ese lugar que ocupa desde hace años el Zorro de El Principito, y me ha llevado a hacer algo que no he hecho nunca: lanzarme como una loca a foros de lectura y a Instagram, poner una foto de mi ejemplar, junto con el hashtag #thedogwhodaredtodream y buscar luego espíritus afines que se hayan sentido tan conmovidos por el libro como yo lo estoy, así como la necesidad imperiosa de escribir esta entrada en un blog que tengo bastante abandonado. Bienvenida, Scraggly.

****SIGUE MÁS ABAJO UN COMENTARIO QUE NO ES SPOILER PERO CASI ****




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Habría deseado otro final, pero creo que este es, en vista de mis angustias existenciales, el mejor de todos.