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viernes, 6 de enero de 2023

Día de Reyes de 2023 - Mirra, mi Mirra linda, para Jesús.

 Se ve que Jesús no quería tener solo la mirra que le trajeron los Magos de Oriente, y ha querido llevarse hoy a mi Mirra linda. Mi Mirrilla, mi adorable gata-perra, mi princesa del guisante, delicada, cariñosa, viajera, indescriptible. Hasta para marcharse ha sido preciosa. Soy muy consciente de que debería ver cómo se ha desarrollado todo como un regalo; de hecho, lo soy, pero es difícil ver como un regalo algo que no quería que sucediera. Mirra me ha enseñado tantísimo, me ha regalado tantísimo, mucho de lo cual no supe ver en su momento pero lo veo ahora, que me considero privilegiada porque alguien no la quisiera y acabase en mi casa. Their loss, my gain, my enormous treasure.

Pero ahora estoy rota, destrozada, y muy cansada. Te echo de menos, Mirra, y te querré siempre. Love trumps death and death is not the end.

(Continuará)



martes, 2 de agosto de 2022

Pichí, amor Pichí.



 

 Estoy destrozada, y últimamente parece que entro al blog solo para despedidas. No es así; son homenajes a quienes me han dejado el corazón roto, pero rebosante de amor. Y tú no ibas a ser menos, Pichí, aunque haya compartido contigo solo 16 días. Me parece mentira, parece que llevases mucho más tiempo conmigo. La intensidad de lo compartido no entiende de cronologías. Me decía Lidia que un amigo suyo decía que la vida hay que valorarla por lo ancha que ha sido más que por la longitud. Espero que la tuya, a pesar de corta, haya sido ancha. Si tengo que juzgar por cómo me sentía yo estando contigo, entonces es inconmensurable.
    Te encontré el 15 de julio, escondido entre las macetas de la placeta. Andabas, correteabas, revoloteabas, pero no remontabas el vuelo, salvo para subir de un escalón a otro. Me fue muy fácil cogerte y creo que hubiese sido aún más fácil a cualquiera que quisiera hacerte daño. No hay gatos por aquí, así que no creo que hubieses acabado en sus garras (irónico que fuera Michi quien acabara contigo), pero quizá algún perro, o quizá, a tenor de las temperaturas de ese día, hubieses muerto de calor, o de deshidratación. Quise salvarte la vida, pensé que lo estaba haciendo y me diste 16 días de felicidad infinita, incluso con la incertidumbre de si saldrías adelante. Sé que los gorriones alimentan a sus hijos en el suelo, incluso si han caído del nido, pero también sé (o creo, en realidad no sé nada) que no habrías podido remontar el vuelo con ellos. Juanjo me dijo cuando lo llamé que se le había muerto uno que estaba deshidratado y no podía seguir a sus padre, así que creo que fue la decisión correcta.
    Primero fue la jeringuilla, y nada; pero al pan mojado en leches vegetales y en agua sí que reaccionabas bien. Me encantaba verte el buche llenito y oírte llamar a los tuyos cuando te ponía en la ventana. Y ese descaro tuyo tan lindo, cuando me mirabas desde el armario para decirme ¿quë? ¿O solo mirabas? Cada mañana me despertaba con una ilusión tremenda, me asomaba a tu jaula, cerraba todo y te dejaba la jaula abierta. A veces te  quedabas ahí todo el rato, pero últimamente ya te colocabas en posición de salida, te colocabas en la puerta, mirabas a todas partes y alzabas el vuelo hacia el poto o , más frecuentemente, hacia el coral.  Esa era tu atalaya particular.


    Al principio te llevaba siempre de Ogíjares a Granada. Tenía que darte de comer con frecuencia y no podía dejarte en manos de nadie. Luego, como ya comías solo, te dejaba en Ogíjares, con la jaula siempre cerrada y también la puerta. Una escoba avisaba de que allí había una vida preciosa que había que proteger.
    Ayer el aviso no fue suficiente. No me lo puedo creer. Lo vivo como una traición. ¿Seré capaz de perdonar? Espero que fuese rápido, que no pasaras miedo, pero no puedo dejar de llorar. Ando como una zombi. Aún no he vuelto a Ogíjares. Tú sí has vuelto a casa, en el fondo de tu jaula, dormidito. Ahora descansas aquí. Te merecías una vida más larga, Pichí. Nos merecíamos ese verano en Francia, ese plan A si volabas o el plan B si no podías volar. No es justo. El dolor es atroz, y la furia no ayuda a sobrellevarlo. Te lloro y maldigo. ¿Soy injusta? Quizá. Pero tu vida era preciosa y se merecía que cualquier persona a cuyo cargo estuvieras la cuidara con la atención que yo te dispensaba. No, no soy Doña Perfecta, far from it; pero sé lo único que eras. No cabía negligencia alguna. Y ahora no puedo perdonar.
    Pero esos 16 días. ¡Guau! You thrived! Espero que te sintieras amado y, si continúas aquí, como dicen, en otro plano, espero que lo sientas aún más, libre de ataduras y pesos físicos. A mí me duele tu vida acortada antes de tiempo, mis ilusiones contigo sesgadas, pero me siento privilegiada de que estés en mi vida. Te quiero, Pichí.
Love trumps death, and death is not the end.
Duele.

Hasta el reencuentro.

 

 




miércoles, 16 de septiembre de 2015

Justicia poética

Si algún asomo de duda me quedaba - ínfimo, apenas perceptible - sobre mi sensación de que Tordesillas está ubicado en un continuo espacio-temporal que se ha quedado en el medievo y que está habitado por una mayoría de psicópatas, todas ellas me han sido despejadas cuando me he enterado de cómo se desarrollaron los acontecimientos ayer. Digo que las dudas que me quedaban eran ínfimas porque la larga trayectoria de este vergonzoso "torneo" ha dado muestras de lo que son capaces los especímenes del Australopithecus Tordillensis. Corrobora, igualmente, que quien es capaz de disfrutar inflingiendo semejante crueldad a un ser vivo, lo hará, llegado el momento, con cualquier ser vivo, humano o no humano. Ayer estuvieron a punto de hacerlo, soltando a Rompesuelas frente a los y las activistas que trataban de evitar la ejecución de la masacre, e impidiéndoles ponerse a resguardo en la barrera cuando se dieron cuenta de que el toro estaba suelto. "No la dejes subir", le dijo a su compañero uno de estos mierdas; otro le pegó una patada en la boca a una activista que intentaba subir a la barrera, con un "Ahora jódete zorra y vete con el puto toro". Pura poesía. Y que esta chusma siga viva y Rompesuelas muerto, a mí me hacer hervir la sangre.

Con el estómago encogido desde que hace un mes conocí el rostro y el nombre de Rompesuelas, me pasé la mañana de ayer deseando como ya no podía desear más que el toro corriera, que corriera mucho, que llegara al límite donde podría salvarse. Y me sigo sorprendiendo de mi ingenuidad, como si ya no supiera que estos sádicos psicópatas no respetan ni la vida, ni las reglas. "¿Las re-quéeee? Eso qué es lo que eeeeees". Deseé que Elegido hubiese sido el último, que Rompesuelas se librara y que tuviéramos otro año por delante para terminar con esta salvajada. Hice pactos con el Universo, con la Virgen de la Peña, con la de las Angustias, y le puse una varita de incienso a Ganesha para que quitara todos los obstáculos que impidieran a Rompesuelas correr. Visualicé los titulares: "Rompesuelas vivo" "Rompesuelas indultado". Y no pudo ser - a pesar de que Rompesuelas llegó al ímite donde en teoría debería haber estado a salvo - porque la chusma, sedienta de sangre, tenía que ver al toro muerto sí o sí. En días anteriores, había deseado que, si Rompesuelas no se podía salvar, al menos se llevara a alguien por delante, cuantos más mejor. Sí, lo confieso sin rubor. Pero ayer no quise que nada enturbiara esa concentración en mantener la esperanza por Rompesuelas. "Corre, Rompesuelas." "Escápate, Rompesuelas." "Rompesuelas se salva".

Rompesuelas corrió, pero no se salvó. Y toda esa esperanza salió de repente, desaforada, materializándose en un torrente de lágrimas y en un vómito repentino que no pude controlar. Ahí se quedó la esperanza, dejando lugar para un dolor profundo, desgarrador, acompañado de un odio caliente, insondable, que me lleva a desearles la peor de las muertes a esta escoria humana.

Ese dolor, mezclado con ese odio, no ha parado de llorar por Rompesuelas, al tiempo que no ha dejado de desear que un francotirador acabe con cada uno de los que levantan su lanza contra el toro, para que ninguna llegue a su destino. Y fantasea con la idea de que un virus selectivo termine con todos los especímenes del Australopithecus Tordesillensis - hombres y mujeres - y que no afecte al resto de los animales, ni a los niños y niñas (todavía hay esperanza) ni al resto de tordesillanos y tordesillanas que no pueden alzar su voz contra esta barbarie - y los hay -  asustados por las represalias de las que serían víctimas por parte de sus paisanos. Lo dicho, un virus letal que acabe contra el Australopithecus Tordesillensis. Y la Marga que esto escribe se habría horrorizado hace un tiempo por regodearse con semejante escenario, pero es que ya no le queda lugar para gastar misericordia con quien no la merece. Uf, merecer. Peliagudo verbo. Sé muy bien que no soy nadie para juzgar quién merece o no morir, pero lo cierto es que no puedo sentir pena por el sufrimiento de quien lo inflinge conscientemente por puro placer. Y no lamento no sentirlo. Es lo que hay.

Puestas a imaginar, imagino un final que dé por terminado el torneo definitivamente; un final a lo Zoo, la novela de James Patterson de la que hace poco se estrenó una serie de televisión. Imagino a Rompesuelas haciendo el mismo recorrido que sus predecesores, dirigiéndose hacia el campo donde le espera su destino, asustado por lo extraño de la situación pero certero en su paso. Imagino a los Australopithecus detrás de él; algunos a caballo, otros  y otras a pie, unos lanza en ristre, otras y otros simplemente acompañando, disfrutando del espectáculo, sedientos de sangre. Rompesuelas echa a correr, salta el vallado y la persecución empieza. Llegado a un punto, se vuelve a sus perseguidores y, como respondiendo a una llamada inaudible, los caballos se ponen nerviosos, relinchan, se encabritan y tiran a sus jinetes. Unos se parten el cuello, otros se clavan la lanza y yo ni me inmuto. Estoy extasiada. Los caballos escapan y algunos, en su huída, pisotean a otros tantos jinetes. Y sigo sin inmutarme. La multitud aún no entiende qué está pasando, sin saber que lo mejor está por venir. No sé de dónde han salido, pero el campo empieza a llenarse de toros. Caminan sosegadamente pero con determinación, sin pararse a olfatear, ni a mordisquear. Normalmente no tienen interés alguno por los humanos, pero estos Australopithecus Tordesillensis parecen llamar su atención. Para cuando la chusma quiere darse cuenta, están dentro de una elipsis irregular cuyo final no alcanzan a ver, aunque sienten que están rodeados. Rompesuelas, el elegido de este año, empieza a correr, y como una ola, todos los demás toros se movilizan, transformándose en un ejército destructor. Rompesuelas corre, corre, y con él todos los toros que la vista no llega a abarcar. Y se llevan por delante a quienes se encuentran en su camino. No mercy. Quien no participa en el torneo, evidentemente, queda a salvo, igual que los niños, niñas, perros y perras que no están allí por elección  La naturaleza es selectiva y queda extinta esta variante Tordesillense del Australopithecus.

Lo sé, lo sé. El placer que me producen estas ensoñaciones me sitúa muy cerca de estos seres despreciables a los que quiero ver exterminados. Puede ser. Yo lo siento más como un placer producido por un caso de justicia poética. Ya que la divina y la humana parecen brillar por su ausencia, me da la sensación de que la poética es en estos días la única forma de justicia que nos queda.

Y no, por favor, no me vengáis con el rollo de que la vida humana vale más que la no humana y demás zarandajas. Ninguna vida tiene un valor intrínseco superior a cualquier otra. Para cada ser vivo, su vida es única. El valor que le damos a cualquier vida es siempre extrínseco: mi vida vale más (para mí)  que la del vecino del cuarto, y para el vecino del cuarto la suya vale más que la mía. Lógico. Podemos pensar que la vida de alguien que está trabajando en encontrar una cura contra el cáncer vale más que la de una profesora de literatura inglesa, y así hasta el infinito, dependiendo de lo que cada cual valore más. Pero ese valor, insisto, no es nunca intrínseco. Para mí, la vida de cualquier animal, humano o no humano, vale mucho más, infinitamente más que la del animal humano que lo maltrata. Y así, hago mías las palabras de Ricky Gervais que tan polémicas fueron este verano:  “The truth is, I do prefer the bull to win. I’ve said very often, I’d rather you didn’t fight a bull. But, if you do, if you choose to torture an animal to death, for fun, I hope it defends itself.”

sábado, 9 de febrero de 2013

Marcos: una semana después

Marcos - freeeeeeeeee!!!!

A estas horas, hace una semana, aún seguía viva una criatura de cuya existencia ni siquiera tenía noticia. Mientras yo andaba en mis quehaceres diarios, a él le quedaban apenas 6 horas de vida. Lo sé, nada nuevo. Cada día nacen y mueren seres a los que no conocemos y nuestra vida, obviamente, no se ve afectada por ello. Pero Marcos, al que nunca tuve la fortuna de conocer, cuya historia conocí justo cuando se fue, ya es parte de la narrativa de mi vida. Esta cría de delfín apareció varado el verano pasado en las playas de Roquetas de Mar y, desde entonces, ha estado atendido con infinito amor por los voluntarios de PROMAR, que no han escatimado esfuerzos en hacer todo lo posible para devolverlo a su elemento. No pudo ser. El domingo me enteré de que había fallecido, y se me partió el corazón. ¿Cómo se puede partir el corazón por la marcha de alguien que no sabes que existía? Pues porque enterarte de la muerte de alguien a tan temprana edad siempre - al menos así lo vivo yo - es un mazazo. Pero es que el leer su historia, ver sus progresos, sus saltos, la dedicación constante de todos los que lo han acompañado, ese amor que han compartido, y el ver que no ha podido ser, me acerca al dolor que ellos tienen que estar experimentando. Si yo tengo el corazón roto - ahoga pensarlo - el suyo tiene que estar hecho añicos. Pero tan, tan, tan lleno de amor que deben sentirse muy afortunados.
Marcos es ahora libre, pero esto no consuela a quienes habríamos querido que hubiese tenido una vida terrenal más larga. Yo me repito constantemente que no es la cantidad sino la intensidad lo que cuenta, pero no me voy a engañar, me habría gustado que Marcos no se hubiese ido tan pronto. No les debe consolar mucho a los voluntarios de PROMAR el saber que han hecho todo lo posible, que le han dado una oportunidad que nunca habría tenido, que Marcos ha sido feliz con ellos y ellos con Marcos; y digo que no les debe consolar porque el dolor debe ser intensísimo. Y es lógico que lo sea. Es mucho lo que han compartido. El consuelo de saber que han hecho todo lo humanamente posible se produce a nivel intelectual, pero el corazón no sabe de esas cosas, y sufre por la ausencia. Como debe ser.
A lo largo de esta semana, cuando diariamente entraba a ver las página de Promar y Marcos en Facebook, para compartir y darle sentido a este sentimiento, me preguntaba si no habría sido mejor que no me hubiese enterado de su marcha; me habría ahorrado este dolor. Mi vida habría seguido su curso pero no habría sabido de su existencia y, al enterarme de su muerte, la vida de Marcos está ahora tejida con la mía. Este dolor, pues, merece la pena. Lo decía C.S. Lewis, parafraseando a su mujer Joy, en Shadowlands: "The pain now is part of the happiness then. That's the deal".  Es cierto que yo no experimenté esa felicidad de conocer a Marcos, de nadar con él, de alimentarlo, cuidarlo, pero puedo sentir la que han experimentado toda esta gente de PROMAR, y él saber que fue feliz, que fueron felices, me hace feliz. Este post es una forma de expresarles mi amor a Marcos y a todos y cada uno de los que han estado con él. El dolor que tienen que sentir ahora debe ser asfixiante, pero es parte de la felicidad de haber compartido estos preciosos momentos con Marcos.
Lamento decirlo, pero no siento especial afecto por la especie humana como tal, aunque sí lo sienta hacia muchos de los individuos que forman parte de ella. Cada día tengo más motivos para pensar que somos una especie defectuosa, pero Marcos me ha dado a conocer a muchos de estos individuos que hacen que no siempre me avergüence de pertenecer al género humano. Gracias, Marcos. Gracias PROMAR. Gracias a todos y cada uno de quienes habéis acompañado y os habéis dejado acompañar por este pequeñín. Love trumps death, remember that. Lo queréis. Os quiere.


Encantada de haberte conocido, querido Marcos. Sigue saltando, libre.

Conoced a Marcos y a Promar:
Promar: https://www.facebook.com/pages/Promar/238079961481
Marcos the dolphin:https://www.facebook.com/MarcosTheDolphin?fref=ts

sábado, 22 de diciembre de 2012

Gracias



A la vida, a todas y a todos por tantas, tantas, tantas cosas. No doy nombres porque son muchas las personas humanas y no humanas, los acontecimientos, las cosas y las causas por las que estoy agradecida, que llenaría este blog. Se me ocurre expresar mi agradecimiento hoy, este 22 de diciembre, con la Navidad a la vuelta de la esquina, otro año en su recta final y un nuevo B'aktun recién estrenado; hoy, precisamente, que no me ha tocado ni un céntimo en la lotería (yo, que no suelo comprar, este año he comprado un décimo) pero es que la lotería me toca cada vez que pienso en lo feliz que me hacen quienes me rodean. No lo cambio por nada. Gracias, gracias, gracias.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Implacable November weather


Otro mes que termina hoy. Un mes entero que separa la única entrada del mes de octubre de la única del mes de noviembre. El título de esta entrada no sólo hace referencia al primer capítulo de Bleak House, obra a la que dedico una entrada en mi otro blog (Happy Bicentenary Mr Dickens), tras un regalo muy especial de mi querido amigo Mauricio, sino al tiempo atmosférico (y también cronológico) que nos ha traído este mes de noviembre. Empezó con lluvias torrenciales y está terminando con una ola de frío. Ha traído muchísimo, muchísimo trabajo: correcciones de redacciones, correcciones de exámenes, reuniones de departamento, dos consejos de departamento, más reuniones y más correcciones que apenas me han dejado tiempo para dedicarle a un artículo que tengo que terminar de escribir sobre Mary Wollstonecraft. Noviembre ha estado lleno de eventos y eso hace que, si bien al mirar atrás parezca que se ha pasado volando, cuando observo los días, se me antoja un mes eterno. Uno de los meses del año que más me gustan, por otra parte: mis -bres. Trajo un viaje a Madrid, para ver exposiciones y teatros; trajo un nuevo espectáculo de El Brujo (Mujeres de Shakespeare), al que llegamos por los pelos, después de estar casi 7 horas en el autobús de Madrid al estar la autovía cortada por la lluvia. Ha traído, también, el final de la quinta temporada de True Blood y el principio de la segunda de Once Upon a Time. Esta última, entre tanto trabajo, se me ha pasado por completo. A ver si consigo ponerme al día (veré también si merece la pena...).

El temporal de lluvias torrenciales ha tirado varios árboles, uno de ellos justo al lado de mi casa. El día 9 de noviembre me encontré un árbol atravesado en la acera que lleva a mi calle. Al parecer, hacía poco que se había caído. Era una imagen bellísima y tristísima, al mismo tiempo, porque el árbol estaba perfectamente sano, pero había llovido tanto que había perdido sujeción al suelo, las raíces no debían ser lo suficientemente profundas para su imponente altura, y acabó soltándose. Sabiendo que su destino no iba a ser el trasplante a otro lugar, subí corriendo a casa, cogí la cámara y tomé un montón de fotografías. No podía despegarme del árbol, sentía la necesidad de observar cada rincón, de meterme entre las ramas que conformaban su copa, ahora que estaba en el suelo; tenía que despedirme de él. Y en mitad de la despedida, en una de las gruesas ramas encontré un diminuto caracol, una vida pequeñita que ahora vive conmigo y que, seguramente, habría corrido el mismo destino del árbol. Efectivamente, al poco de subir a casa, ya oí la sierra mecánica. Me asomé a la terraza pero no quise mirar más. Ahora sólo está el pie del tronco mutilado; un recuerdo del magnífico árbol que ya no está.

También ha traído noviembre una compañerilla gatuna algo esquiva. Creo que cuando la vi por primera vez era todavía octubre, pero se mezclan ya las fechas en mi cabeza así que no puedo estar segura de la fecha del primer encuentro, aunque sí recuerdo cómo fue. De vez en cuando, se refugia en un jardincillo que hay en mi bloque una gata negra que ya se me ha pasado por la cabeza adoptar, pero que creo que prefiere ser un espíritu libre. Al principio me rehuía y sólo se acercaba cuando le ponía comida. La veía un par de días seguidos y luego desaparecía para volver a aparecer al cabo de otros dos días, en una ocasión, acompañada de otro compi. Llevo siempre en el bolso una latilla de comida para gatos por si la encuentro, no sea que mientras que subo a casa decida marcharse. Hacía ya algo más de una semana que no la veía pero el martes por la noche, cuando empezó a apretar el frío, pensé que la encontraría al llegar a casa. Y allí estaba, esperando su ración. También estaba el miércoles por la mañana y ayer jueves, también por la mañana (fue entonces cuando me di cuenta de que era una gata, porque me dejó que la cogiera en brazos después de que saliera a saludarme y a restregarme la cabecita) pero ni ayer por la noche ni esta mañana la he visto. Por eso pienso que es un espíritu libre, que viene de vez en cuando a buscar calor y comida, para seguir con su vida. Eso sí, sé que si la veo en apuros, pasará a ser un miembro de la familia. En cierto modo, ya lo es, sólo que es un pelín nómada.

Y mañana, empieza el último "-bre" del año (lo siento, Febrero no cuenta). Y ya huele a Navidad, y mañana toca empezar a decorar la casa y hará un año que empecé a escribir este blog.

(No he tenido tiempo de subir todas las fotos que he hecho y que quiero que ilustren esta entrada en el blog; cuando lo haga, podréis conocer a los tres protagonistas de esta historia: el árbol, el caracol y la gata).

P.D. Hoy, 7 de enero, cumplo lo prometido. Aquí van las fotos del árbol caído y de Caracoli (sí, ya sé que no me he quebrado buscándole el nombre, pero es que es muuuuuuy pequeñín).