jueves, 17 de agosto de 2017

"You humans. You ruin everything".

Acabo de devorar Pax, de Sara Pennypacker, un libro que me recomendó Alba Pantojo y que lleva esperando desde que lo recibí en enero. Ha viajado conmigo a Oxford, a Londres y ahora está aquí, en Goupillières y hoy ha sido su momento. Como me gusta curarme en salud, había leído ya el final, pero hoy ha sido el día en el que lo leído cuando las lágrimas me lo han permitido. Toca muchas fibras de las que suelo tratar con cuidado porque me conozco, pero ese amor entre dos criaturas vivas, el dolor de la separación, el anhelo, la culpa... son sólo algunas de ellas.

Justo cuando lo he terminado de leer me he enterado de otro nuevo atentado terrorista en Barcelona, lo que no ha hecho sino confirmar una misantropía que hace ya tiempo se ha adueñado de mí. Ojo, esa misantropía no se desprende del libro, tan solo porque hay ejemplos, como en la vida diaria, de gente que hace que una no desespere del todo. Pero, no, me ratifico en que como especie damos asco.
Queda pendiente una entrada más amplia sobre Pax, de Sara Pennypacker, pero por ahora tendrá que esperar.

El título de esta entrada es lo que Peter lee en los ojos de una cierva: "You humans. You ruin everything." No sé si la cierva lo pensaba realmente, pero yo no puedo estar más de acuerdo.

martes, 1 de agosto de 2017

A principios de agosto

Digamos, para no entrar en demasiados detalles, que el verano comenzó torcido (rotura de disco externo, pérdida de información, encuentro(s) con Antifaz, dolor y más dolor, preocupaciones con su pizca de arrogancia con los gatos de la facultad, preocupaciones y sentimientos de culpa con los que viven conmigo, sobre todo con mi cariñosa Minca, que me requiere más de lo que yo le concedo) y, aunque se ha enderezado, el mes de julio ha sido intenso; una montaña rusa emocional que me ha dejado exhausta pero me ha hecho plantearme si estoy realmente viviendo la vida que quiero. Cierto es que no acabo de encontrar mi lugar en un mundo que no termino de entender, con una humanidad que cada vez me da más asco ("los astros no están más lejos que los hombres que trato", que dirían Héroes del Silencio), y que me lleva a sentirme día tras otro una sirena varada. Pero también es cierto que no tengo ninguna prisa por morirme, aunque a veces haya deseado con todas mis fuerzas dejar de existir simplemente para dejar de sentir este dolor ensordecedor que es la banda sonora de este mundo.

Entonces, ¿estoy viviendo la vida que quiero? En los momentos más optimistas me digo que a medias, y en los de desazón total, la respuesta es rotunda: no. La fortuna de hacer un trabajo que me apasiona corre el riesgo de convertirse en una maldición cuando no sé poner límites. Y, como siempre que no se miden los límites y las fuerzas, los entusiasmados deseos se convierten en obligaciones que angustian e imponen una urgencia que desdibuja lo realmente importante. ¿Cuántas veces le habré dicho a Mirra que tengo que trabajar cuando ella me insiste en que pase un rato con ella? De todos mis compañeretes peludos, ella es la que más insiste en que tengo que volver a la realidad de lo corpóreo porque la intelectualidad por sí sola se queda en entelequias y la lleva a una a meterse en inercias no siempre escogidas conscientemente y a dejar de lado aspectos de la vida cotidiana que son, ni más ni menos, que actos de amor hacia mí misma y hacia mis seres queridos.

El hogar está donde está el corazón, y mi corazón está desparramado por muchos sitios. Y no está mal que así sea, salvo por el hecho de que siempre hay alguien a quien echo de menos. Pero precisamente porque tengo, pues, muchos hogares, y porque quiero la salud para mi corazón, esos hogares se convierten ahora en mi prioridad. Porque es ahí donde encuentro cualquier atisbo de felicidad en este mundo caído, y porque algunos aspectos de mi trabajo también son hogar, pero me cuesta reconocerlos entre tanta maraña de estupideces, de reglas autoimpuestas y de condicionantes asumidos, incluso después de haber manifestado que no los iba a asumir.  Y como, además, el tiempo es limitado, no lo tengo para obligaciones impuestas, ni siquiera las que se disfrazan de "buen rollito".

Estoy ahora en Goupillières, uno de mis hogares. Matthias y Lluqui están durmiendo, felices de la vida. En otro de mis hogares, mi madre cuida de Mirra, Mishkin y Minca; en otro, mi hermana Irene cuida de Michi, y Portos y Mani disfrutan en la residencia; en otro, Lidia cuida de los gatitos libres. Y, mientras tanto, yo no sé cuidar de mí. O mejor dicho, no siempre he sabido cuidar de mí. Hasta ahora. Esta declaración pública de intenciones -la expresión en inglés, mission statement, me parece más contundente - cumple dos funciones: recordatorio (para mí) y explicación (para cuando os diga "no, gracias"). Vale, no tengo muchos seguidores en el blog, pero siempre está bien tener un enlace que remitir.


viernes, 16 de junio de 2017

The Dog Who Dared To Dream

Muchos libros me han marcado de distintas formas, pero hay algunos que se meten hasta el fondo del corazón a la velocidad de la luz y tocan todos y cada uno de los átomos que componen mi ser. Este es uno de ellos. Lo compré en la estación de Montparnasse, y me absorbió todo el trayecto en tren. Al llegar a Goupillières, lo dejé aparcado para ponerme a trabajar. Lo he terminado mientras esperaba a que se cargara la batería del ordenador. Y tengo el corazón encogido, los ojos llenos de lágrimas por esa historia tan dolorosa, hermosa, esperanzadoramente bella que es la de Scraggly. Supongo que el final me debería hacer feliz, pero me tiene con un nudo en la garganta, el corazón tiritando y los ojos rojos, la vista nublada. Scraggly se ha acomodado en mis entrañas, justo en ese lugar que ocupa desde hace años el Zorro de El Principito, y me ha llevado a hacer algo que no he hecho nunca: lanzarme como una loca a foros de lectura y a Instagram, poner una foto de mi ejemplar, junto con el hashtag #thedogwhodaredtodream y buscar luego espíritus afines que se hayan sentido tan conmovidos por el libro como yo lo estoy, así como la necesidad imperiosa de escribir esta entrada en un blog que tengo bastante abandonado. Bienvenida, Scraggly.

****SIGUE MÁS ABAJO UN COMENTARIO QUE NO ES SPOILER PERO CASI ****




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Habría deseado otro final, pero creo que este es, en vista de mis angustias existenciales, el mejor de todos.

lunes, 20 de marzo de 2017

19 de marzo de 2017 - aún invierno de 2017

Sé que la primavera y el verano también tienen sus cosas buenas; pero yo soy más otoñal e invernal, y me da pena cuando terminan estas estaciones. Me gusta la luz de septiembre, la que anuncia que se acortan los días y, aunque pueda parecer que la luz del principio de la primavera es la misma, en realidad no lo es. Mi primer otoño y mi primer invierno sin Princesse desde que la conozco. Hoy la "veía" merodeando por el jardín, y el buen tiempo me acerca al día de agosto en que hará un año que se fue. Un año hizo el 15 de marzo que llegó Blusky, para irse cinco meses después. Ausencias, como lo será mañana el invierno de 2017, no sin que antes me permita copiar aquí una cita de la antología Winter, editada por Melissa Harrison. El mes es febrero, pero es el último texto en la antología; el que anuncia el final del invierno y la llegada de la primavera. Volverá el invierno de 2017, pero sólo durante los últimos días de diciembre. Nos llevará a 2018, pero hasta entonces nos queda una primavera, un verano, y un otoño que ya anhelo. A ver si aprendo a aparcar esta melancolía que me traen los días que se alargan y que me anuncian, como no lo hace el invierno, que otro año se ha pasado.

Every year, in the third week of February, there is a day, or, more usually, a run of days, when one can say for sure that the light is back. Some juncture has been reached, and the light spills into the world from a sun suddenly higher in the sky. Today, a Sunday, is such a day, though the trees are still stark and without leaves; the grasses are dry and winter-beaten.

The sun is still low in the sky, een at noon, hanging over the hills southwest. Its light spills out of the southwest, the same direction as the wind: both sunlight and wind arrive together out of the same airt, and invasion of light and air out of a sky of quickly moving clouds, working together as a swift team. The wind lifts the grasses and moves the thin branches ofthe leafless trees and the sun shines on them, in one movement, so light and air are as one, two aspects of the same entity. The light is razor-like, edging grasses and twigs of the willow and apple trees and birch. The garden is all left-leaning filaments of light, such as you see on cobwebs, mostly, too hard to be called a sparkle, too metallic, but the whole garden's being given a brisk spring-clean. Where ther are leaves, such as the holly 200 yards away, the wind lifts the leaves and the sun sweeps underneath. All moving because of the fresh wind.
Now the town's jackdaws are all up in a crowd, revelling in the wind, chack-chacking at each other. And I hear a girl's voice, one of my daughter's friends, one of hte four girls playing in the garden. She makes a call poised just between play and fear. What are they playing? Hide and seek? No matter. It pleases me that my daughter says they are 'playing in the garden', because they're eleven years old; another year or two and they wouldn't admit to 'playing' at all, and for a while the garden will have no appeal, because everything they want will be elsewhere. For a few years they'll enter a dark mirror-tunnel whose sides reflect only themselves.
The girls themselves can't be seen, obscured by trees and that edgy, breezy light. The year has turned. Filaments and metallic ribbons of wind-blown light, just for an hour, but enough.

Kathleen Jamie, Sightlines, 2012.